|
El género es
lo que
tiene rasgos comunes pero es diferente. Conocemos las
cosas porque las diferenciamos. Dos
cosas
pueden ser iguales en todo menos en un detalle y entonces se oponen,
adquieren
identidad propia. Sin diferencia no hay identidad.
Nuestra concepción del mundo está basada
en
dualidades que se oponen a partir de las cuales la naturaleza se
diversifica.
La dualidad es el principio desde el que evoluciona la pluralidad. Lo
masculino
y lo femenino es un ejemplo. De la unión sale otro ser que a su vez
puede ser
masculino o femenino, pero nunca del todo una cosa u otra. El sexo es
así.
Lo
que no permite esa mixtura es la concepción social de género para
definir, y
encorsetar, los roles masculino y femenino.
Esa dualidad no admite la pluralidad y
hombres y mujeres deben ajustarse
a esos dos patrones previstos por cada cultura, como clones de su padre
y de su
madre, en un linaje imperturbable. Las
Reglas
de Género pretenden impostar la emisión
de una identidad
socio-sexual
homocigótica sin variaciones.
Claro,
que un hijo o una hija es una mezcla de ambos progenitores y esa regla
no se
cumple, pero se soluciona con una serie de imposiciones e imposturas,
según las
diferencias culturales, hasta llegar a la caricatura. Un señor viril,
si va
vestido de geisha, representará lo femenino más delicado en la cultura
japonesa
y en la occidental si se pone lencería, tacones y rímel.
Pero, más acá de las diferencias en
estas
expresiones estéticas de los roles de género, lo común en el mundo
mundial es
que el hombre domina y la mujer es dominada.
Si
nos saltamos el análisis antropológico de la necesidad del reparto de
tareas
para la supervivencia y nos situamos en la actualidad occidental
encontramos
que, a pesar de la experiencia social de
que las mujeres son tan capaces como un hombre para afrontar las
responsabilidades públicas, sigue existiendo ese juego
dominador-dominada. Y en
muchos casos un dominador que pretende una dominada que -dice ella- no se deja dominar, mira. Pero ellos se
empeñan. ¿Por qué?
Las
mujeres, en general, han sido capaces de
evolucionar a un modelo de relación sentimental en
el que deben ser seguras de sí mismas como
se le pide a un hombre, pero siguen siendo las que asumen el peso de la
vida
privada –el refugio-, que es lo que se relaciona con la vulnerabilidad,
mientras que a los hombres se les sigue
exigiendo por razón de género capacidad para solucionar los problemas
ellos
solitos, sin parapeto. Un hombre que elude un conflicto es un cobarde,
debe
afrontarlo sí o sí, y cuando no tiene capacidad para solucionarlo en
vez de
recular es ‘su problema’, y entra en pánico
y el pánico es dolor y es insoportable y entonces el
tío suelta una hostia para apartar de sí lo
que le duele... Y ya ha perdido, sí o sí.
Una
mujer puede refugiarse en el mundo privado que le acompaña siempre
mientras que
el hombre aún no ha aprendido a no cerrar la puerta a ese ámbito en el
que la
duda y la vulnerabilidad están permitidas.
Aunque en su caso podría suponer una pérdida de erotismo y en el de la
mujer el
erotismo aumenta. Pero no siempre.
La
relación ‘dominador-dominada’ se teje en torno al mismo eje: el poder.
El poder
en realidad es endilgarle a otro el problema, consiste en quién se come
el
marrón como animal de carga. Carga que bascula entre el dominador y la
dominada
en un juego sucio. Así que, si el género es lo que tiene rasgos
comunes,
tenemos hombres y mujeres que comparten
paradójicamente rol de género: el de los que no juegan limpio.28/12/13
banco de
pensamiento por visi vidal
gilsanz se encuentra
bajo una Licencia Creative
Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0
Unported.
Basada en una obra
en www.pirolos.org.
Permisos
que vayan más allá de lo cubierto por esta licencia pueden encontrarse
en www.pirolos.org.
|